lunes, 10 de agosto de 2009

La Máscara

de Charles Baudelaire



Veamos este tesoro de gracias florentinas;
en las ondulaciones del cuerpo musculoso
abundan, divinales hermanas, Gracia y Fuerza.
Esta mujer, fragmento en verdad milagroso,
de robustez divina y adorable finura,
es digna de reinar en suntuosos lechos,
encanto de los ocios de un pontífice o príncipe.

También ve esta sonrisa fina y voluptuosa
donde la Fatuidad sus éxtasis pasea;
esta mirada lánguida, hipócrita y burlona;
este afectado rostro enmarcado de gasa,
del que todos los rasgos con aire triunfal dicen;
«¡Me corona el Amor y el deleite me llama!»
¡A este ser al que tanta majestad se prodiga
ve qué encanto excitante la gentileza otorga!
A él vayamos y en torno de su belleza giremos.

¡Oh blasfemia del Arte! iOh sorpresa fatal!
La mujer de divino cuerpo que nos promete
la dicha, se culmina en un monstruo bicéfalo.

Más no, es sólo una máscara, un decorado falso,
este rostro que alumbra una mueca exquisita,
y mira, ahí puedes ver, atrozmente crispada,
la verdadera cara, la cabeza sincera
trastocada al abrigo de la cara que miente.
¡Ah, pobre gran belleza! El magnífico río
de tus llantos afluye a mi pecho doliente;
tu mentira me embriaga y mi espíritu abreva
del venero que arranca el Dolor de tus ojos.

Mas ¿por qué está llorando? Ella, belleza perfecta
que pondría a sus pies todo el género humano,
¿qué raro mal corroe su costado de atleta?

¡Ella llora, insensato, llora porque ha vivido!
¡Y llora porque vive! Pero lo que le duele
más, y hasta las rodillas estremecerse le hace,
es que mañana ¡ay!, ¡aún habrá de vivir!
¡Y pasado, y al otro, y siempre...! ¡Cual nosotros!

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