de Aarón Carrión ¡Oh! Diosa de mi alcoba, Intrusa de mis sueños. Tú, que le has arrebatado el puesto Al magnífico Morfeo, Debes ser la más grande gladiadora Por derrotar a cualquier alma soñadora Que a mí se acerca
¿Cómo es que estás sobre todas? Si mi cuerpo no te reconoce Pero te extraña Si mi mente te transfigura a diario Pero lucha con espada en mano por darte forma
¿Cómo saber si ya has pasado por mis calles O si mis ojos no han presenciado aún
de Charles Baudelaire Veamos este tesoro de gracias florentinas; en las ondulaciones del cuerpo musculoso abundan, divinales hermanas, Gracia y Fuerza. Esta mujer, fragmento en verdad milagroso, de robustez divina y adorable finura, es digna de reinar en suntuosos lechos, encanto de los ocios de un pontífice o príncipe.
También ve esta sonrisa fina y voluptuosa donde la Fatuidad sus éxtasis pasea; esta mirada lánguida, hipócrita y burlona; este afectado rostro enmarcado de gasa, del que todos los rasgos con aire triunfal dicen; «¡Me corona el Amor y el deleite me llama!» ¡A este ser al que tanta majestad se prodiga ve qué encanto excitante la gentileza otorga! A él vayamos y en torno de su belleza giremos.
¡Oh blasfemia del Arte! iOh sorpresa fatal! La mujer de divino cuerpo que nos promete la dicha, se culmina en un monstruo bicéfalo.
Más no, es sólo una máscara, un decorado falso, este rostro que alumbra una mueca exquisita, y mira, ahí puedes ver, atrozmente crispada, la verdadera cara, la cabeza sincera trastocada al abrigo de la cara que miente. ¡Ah, pobre gran belleza! El magnífico río de tus llantos afluye a mi pecho doliente; tu mentira me embriaga y mi espíritu abreva del venero que arranca el Dolor de tus ojos.
Mas ¿por qué está llorando? Ella, belleza perfecta que pondría a sus pies todo el género humano, ¿qué raro mal corroe su costado de atleta?
¡Ella llora, insensato, llora porque ha vivido! ¡Y llora porque vive! Pero lo que le duele más, y hasta las rodillas estremecerse le hace, es que mañana ¡ay!, ¡aún habrá de vivir! ¡Y pasado, y al otro, y siempre...! ¡Cual nosotros!
Desde el principio y todo este tiempo hasta aquí, justificándonos por ciencia, por dios, porque sí; cagada tras cagada, no nos importa nada, obstinado orgullo hasta el fin.
El disparo del primer rayo de sol devolvió a mí la consciencia arrebatándome de aquel sueño, profundo y perfecto, que consiguió ser inexplicable mediante expresiones que pertenezcan a este mundo
La vista, que dudar tanto nos hace volvió al trabajo del día a día solo para expresarme secretamente ¡Qué nos habían robado, Amor!
Tus botas de lujo, que a regañadientes adquirías. Aquel calzado que adornaba tus pies mientras las hojas del calendario caían huyó ferozmente por aquella puerta malgastada.
Las joyas, bendecidas por el latir de un amor que alguna vez fue infinito, se habían perdido en el fondo de algún paquete y esfumado por el enfriar de la habitación.
El oído, que nos regala un poco más de percepción de este mundo que tanto a embellecido y a la vez deteriorado, perdió la inspiración que nos brindaba tu voz y cesó de trabajar al notar el silencio que perpetuaban estas cuatro paredes
Aquella radio que a gritos nos golpeaba y despertaba, que movió nuestros pies, frente a frente, mientras cantabas cual ruiseñor en mi oído y yo, anonadado, solo conseguía pisarte se había perdido en este mundo tan frío
Sin embargo, también fue aquella que tanto opacábamos con nuestros gritos contenientes de amor y amargura.
El tacto, que organizaba mil fiestas cada vez que tu piel tocaba, Intentó buscarte en el friaje de la cama Y solo encontró un recuerdo Un recuerdo podrido de latir Un recuerdo envejecido por el rencor Un recuerdo que contenía un sentimiento de abandono Un recuerdo que empapó mis ojos e inundó la habitación.
Solo ahora sé a dónde fueron todos los que fueron hurtados Solo ahora sé que se fueron con aquella que los trajo al mundo Solo ahora sé que no fue ningún ladrón, pero tampoco fue ella, Fui yo, quien con gritos y reproches gané su pasaje de ida y no de vuelta y en aquel último tren
En torno de una mesa de cantina, una noche de invierno, regocijadamente departían seis alegres bohemios. Los ecos de sus risas escapaban y de aquel barrio quieto iban a interrumpir el imponente y profundo silencio.
El humo de olorosos cigarrillos en espirales se elevaba al cielo, simbolizando al resolverse en nada, la vida de los sueños.
Pero en todos los labios había risas, inspiración en todos los cerebros, y, repartidas en la mesa, copas pletóricas de ron, whisky o ajenjo.
Era curioso ver aquel conjunto, aquel grupo bohemio, del que brotaba la palabra chusca, la que vierte veneno, lo mismo que, melosa y delicada, la música de un verso.
A cada nueva libación, las penas hallábanse más lejos del grupo, y nueva inspiración llegaba a todos los cerebros, con el idilio roto que venía en alas del recuerdo.
Olvidaba decir que aquella noche, aquel grupo bohemio celebraba entre risas, libaciones, chascarrillos y versos, la agonía de un año que amarguras dejó en todos los pechos, y la llegada, consecuencia lógica, del "feliz año nuevo"... Una voz varonil dijo de pronto: -las doce, compañeros; digamos el "requiescat" por el año que ha pasado a formar entre los muertos. ¡Brindemos por el año que comienza! porque nos traiga ensueños; porque no sea su equipaje un cúmulo de amargos desconsuelos...
- Brindo, dijo otra voz, por la esperanza que la vida nos lanza, de vencer los rigores del destino, por la esperanza, nuestra dulce amiga, que las penas mitiga y convierte en vergel nuestro camino.
Brindo porque ya hubiere a mi existencia puesto fin con violencia esgrimiendo en mi frente mi venganza; si en mi cielo de tul limpio y divino no alumbrara mi sino una pálida estrella: Mi esperanza.
¡Bravo!, dijeron todos, inspirado esta noche has estado y hablaste bueno, breve y substancioso. El turno es de Raúl; alce su copa y brinde por... Europa, ya que su extranjerismo es delicioso...
Bebo y brindo, clamó el interpelado; brindo por mi pasado, que fue de luz, de amor y de alegría, y en el que hubo mujeres seductoras y frentes soñadoras que se juntaron con la frente mía...
Brindo por el ayer que en la amargura que hoy cubre de negrura mi corazón, esparce sus consuelos trayendo hasta mi mente las dulzuras de goces, de ternuras, de dichas, de deliquios, de desvelos.
-Yo brindo, dijo Juan, porque en mi mente brote un torrente de inspiración divina y seductora, porque vibre en las cuerdas de mi lira el verso que suspira, que sonríe, que canta y que enamora.
Brindo porque mis versos cual saetas lleguen hasta las grietas formadas de metal y de granito, del corazón de la mujer ingrata que a desdenes me mata... ¡pero que tiene un cuerpo muy bonito!
Porque a su corazón llegue mi canto, porque enjuguen mi llanto sus manos que me causan embelesos; porque con creces mi pasión me pague... ¡vamos!, porque me embriague con el divino néctar de sus besos.
Siguió la tempestad de frases vanas, de aquellas tan humanas que hallan en todas partes acomodo, y en cada frase de entusiasmo ardiente, hubo ovación creciente, y libaciones, y reír, y todo.
Se brindó por la patria, por las flores, por los castos amores que hacen un valladar de una ventana, y por esas pasiones voluptuosas que el fango del placer llena de rosas y hacen de la mujer la cortesana.
Sólo faltaba un brindis, el de Arturo, el del bohemio puro, de noble corazón y gran cabeza; aquel que sin ambages declaraba que sólo ambicionaba robarle inspiración a la tristeza.
Por todos lados estrechado, alzó la copa frente a la alegre tropa desbordante de risa y de contento los inundó en la luz de una mirada, sacudió su melena alborotada y dijo así, con inspirado acento:
-Brindo por la mujer, mas no por esa en la que halláis consuelo en la tristeza, rescoldo del placer ¡desventurados!; no por esa que os brinda sus hechizos cuando besáis sus rizos artificiosamente perfumados.
Yo no brindo por ella, compañeros, siento por esta vez no complaceros. Brindo por la mujer, pero por una, por la que me brindó sus embelesos y me envolvió en sus besos; por la mujer que me arrulló en la cuna.
Por la mujer que me enseñó de niño lo que vale el cariño exquisito, profundo y verdadero; por la mujer que me arrulló en sus brazos y que me dio en pedazos uno por uno, el corazón entero.
¡Por mi madre!.. bohemios, por la anciana que piensa en el mañana como en algo muy dulce y muy deseado, porque sueña tal vez que mi destino me señala el camino por el que volveré pronto a su lado.
Por la anciana adorada y bendecida, por la que con su sangre me dio vida, y ternura y cariño; por la que fue la luz del alma mía; y lloró de alegría sintiendo mi cabeza en su corpiño.
Por esa brindo yo, dejad que llore, que en lágrimas desflore esta pena letal que me asesina; dejad que brinde por mi madre ausente, por la que llora y siente que mi ausencia es un fuego que calcina.
Por la anciana infeliz que sufre y llora y que del cielo implora que vuelva yo muy pronto a estar con ella; por mi madre, bohemios, que es dulzura vertida en mi amargura y en esta noche de mi vida, estrella...
El bohemio calló; ningún acento profanó el sentimiento nacido del dolor y la ternura, y pareció que sobre aquel ambiente flotaba inmensamente un poema de amor y de amargura.
Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte
la leche de los senos como de un manantial,
por mirarte y sentirte a mi lado y tenerte
en la risa de oro y la voz de cristal.
Por sentirte en mis venas como Dios en los ríos
y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal,
porque tu ser pasara sin pena al lado mío
y saliera en la estrofa -limpio de todo mal-.
Cómo sabría amarte, mujer, cómo sabría
amarte, amarte como nadie supo jamás!
Morir y todavía
amarte más.
Amada: no has querido plasmarte jamás como lo ha pensado mi divino amor. Quédate en la hostia, ciega e impalpable, como existe Dios.
Si he cantado mucho, he llorado más por ti ¡oh mi parábola excelsa de amor! ¡Quédate en el seso, y en el mito inmenso de mi corazón!
Es la fe, la fragua donde yo quemé el terroso hierro de tanta mujer; y en un yunque impío te quise pulir. Quédate en la eterna nebulosa, ahí, en la multiesencia de un dulce no ser.
Y si no has querido plasmarte jamás en mi metafísica emoción de amor, deja que me azote, como un pecador.
Maldije a la tormenta que te asustaba, Maldije a la lluvia que te mojaba, Maldije al viento que te despeinaba.
Maldije!
Hoy golpeaste a mi puerta y bendije a la tormenta que te trajo, bendije a la lluvia cuando te quitaste la ropa mojada, y bendije al viento... que apagó la lámpara.